AUS (Valdivia) - Pláticas desde la Ventana
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ISSN 0718-7262 versión on-line

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  AUS (Valdivia) n.12 Valdivia 2012




Revista AUS 12 _39_segundo semestre dos mil doce_
DOI:10.4206/aus.2012.n12-09

Pláticas desde la Ventana

 

 

Laura Rodríguez


 

 

Frente a la disyuntiva de las sistemáticas crisis del sistema urbano nacional, las cuales son vulnerables a todo tipo de eventuales pérdidas, tanto humanas, como materiales, cabe preguntarse ¿cuál es el sentido que debe orientar nuestro quehacer como sociedad? Y la respuesta parece obvia, pero no lo es tanto, sin duda porque en el ejercicio de reflexión, debieran existir al menos algunos principios orientadores. Sin embargo este ejercicio no siempre es posible hacerlo debido a la gran cantidad de intereses involucrados en este sistema.

Para avanzar, en mi opinión, mejores ciudades, son ciudades que albergan múltiples lugares que tienen sentido, y donde podemos encontrar que estos sentidos son persistentes en el tiempo. Sin anquilosarse, dichos sentidos debieran más bien renovarse constantemente, y de esta manera fortalecer el sentido de pertenencia de sus habitantes. Este es un camino para que los ciudadanos perciban en la conformación urbana una articulación profunda con su propia identidad colectiva cultural. Siendo la identidad de la comunidad un proceso de carácter histórico, es al mismo tiempo un proyecto futuro, donde las múltiples posibilidades son también un proceso en construcción permanente.

Pero en este escenario ideal, podemos observar que la ciudad se ha ido alejando cada vez más de un sentido trascendente para la vida en común, debilitando los lazos de pertenencia, sin formar parte de la identidad y sin un proyecto claro de identidad futura. El resultado son ciudades en permanente conflicto, donde la ciudadanía no solo se manifiesta para expresar sus necesidades, sino también sus más profundas frustraciones, comprometiendo el proyecto colectivo que debiera forjarse en común.
La contienda que se da en el espacio urbano ha alcanzado a todas las instituciones, públicas y privadas, donde, como dice el refrán “a río revuelto, ganancia de pescadores”, y en éste revoltijo de presiones, claramente hay ganadores que se benefician con la turbulencia, instrumentalizándola mediante la especulación inmobiliaria.

En el último par de años, hemos visto la credibilidad de las instituciones seriamente amenazadas, las que se localizan en un territorio, muchas veces al interior de las ciudades. Los gobiernos de turno, en lugar de escuchar este clamor que tiene una espacialidad muy precisa, -a tal punto que muchos grupos se autodefinen en función del territorio-, las autoridades desoyen este urgencia y en lugar de resolver los conflictos territoriales sobre la base del diálogo, la búsqueda de acuerdos y la materialización de éstos, se defienden con estrategias que por supuesto comprometen el espacio, pero de manera de perpetuar las condiciones que dieron origen al conflicto.

La vía de escape de la anterior situación, trasciende la condición unitaria de alguna ciudad en específico, se necesita tener una visión urbana que oriente el desarrollo hacía propósitos más inclusivos de la población. No de manera retórica, sino sobre acuerdos concretos respecto de las múltiples identidades que conforman un cuerpo colectivo en común. Y a partir de ahí, formalizar acuerdos precisos de un proyecto en común.

La identidad, por ser un proceso en construcción permanente y no sólo un repositorio de condiciones históricas, debiera articularse con la ciudad. Dar cabida a sus habitantes en forma tal que se estrechen los lazos de pertenencia, otorgando el necesario sostén que construya una comunidad.

Aquí es donde el sentido de lugar juega un rol fundamental, la ciudadanía hace suyo los lugares, en una compleja articulación entre los sentimientos y memorias que al ubicarse en un espacio se convierten en un soporte importante para la estabilidad sicosocial de la comunidad. Quizás sea ésta una forma de ir resolviendo la creciente hostilidad que hoy por hoy abunda en nuestras ciudades. auS

 

 

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