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Revista de derecho (Valdivia)

ISSN 0718-0950 versión on-line

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  Rev. derecho (Valdivia) v.14 Valdivia jul. 2003




 

Revista de Derecho, Vol. XIV, julio 2003, pp. 9-24

ESTUDIOS E INVESTIGACIONES

 

CARL SCHMITT. JURISPRUDENCIA PARA LA ILEGALIDAD

 

Jesús Silva-Herzog Márquez *

* Profesor de tiempo completo del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). El autor desea agraceder los valiosos comentarios realizados a una versión preliminar de este trabajo en el Seminario interno de profesores del Departamento de Derecho del ITAM (abril de 2003).


Resumen

El presente ensayo aborda la vida y el pensamiento del jurista alemán Carl Schmitt, en especial su concepción de lo político y sus consecuencias para el establecimiento del régimen constitucional. El proyecto de Schmitt puede entenderse así como una jurisprudencia para la ilegalidad, una filosofía del derecho y la política que desarme la ley al tiempo que desata el poder de sus restricciones.

CARL SCHMITT, LIBERALISMO, DEMOCRACIA.


¿Debemos asentarnos en la catástrofe?

ERNST JÜNGER

ANTE EL TORO

Carl Schmitt nació el mismo año que Adolfo Hitler. Se encontraron alguna vez, pero nunca hablaron. El primero sentía una mezcla de desprecio y atracción por el dictador; el otro no dio importancia nunca al hombre que se ofreció para razonar sus atropellos. Aquella ambigüedad en Carl Schmitt marcaría su vida. También su recuerdo. Desde las emociones de la razón sentía un fuerte desprecio por el hombre ignorante y tosco, por el político rudimentario que no era capaz de articular un discurso coherente. Quizá sentía también miedo por la violencia que convocaba. Pero la agudeza de su intuición apreciaba, al mismo tiempo, la hondura de su atractivo. Hitler encarnaba de modo misterioso una fuerza mítica: era un hombre que, sin cálculo ni argumento, advertía la grieta que se abría bajo la tierra. Hitler era una fuerza, una energía, una llama de entusiasmo y de valor en medio de la tibia cobardía.

Unos días antes del triunfo electoral de nacionalsocialismo, Carl Schmitt publicaba un artículo en la prensa en el que anticipaba el desastre: quien colabore con los nazis está actuando tonta e irresponsablemente. El nacionalsocialismo, argumentaba, es un movimiento peligroso que puede cambiar la Constitución, establecer una iglesia de estado, disolver los sindicatos, etc. Menos de un año después, y por invitación de Heidegger, Carl Schmitt se afiliaba al Partido Nacional Socialista. No era el miedo sino la ambición lo que provocaba el giro. También una convicción de que las fealdades del poder son siempre preferibles a los horrores de su ausencia. Lo muestra una entrada en su diario, el día mismo que Hitler fue nombrado canciller: “Irritado y, de alguna manera, aliviado; por lo menos una decisión.” En Hitler aparecía eso que para Schmitt era tan valioso: la esperanza de la decisión.

El día que Carl Schmitt vio a Hitler fue el 7 de abril de 1933. Se trataba de una reunión en la que el Führer presentaría su programa de gobierno. En uno de sus cuadernos personales, está el registro de ese encuentro. El salón estaba repleto con los jerarcas del partido y del ejército que, con rostros de acero, observan detenidamente al jefe. Hitler, como un toro nervioso al entrar a la plaza, pronuncia su proclama. Transcurrió media hora para que el discurso se acercara al despegue. En las notas de Schmitt, Hitler aparece como un hombre que depende obsesivamente de las reacciones de su auditorio. Como un enfermo, el orador necesitaba el aliento del aplauso. Todo el mundo lo escuchaba atentamente y nada. El agitador de las masas era en realidad un oradorcillo insulso. El Führer no hizo ninguna conexión real con su auditorio, ningún rayo emanó de su voz. Nada.

La decepción del abogado quedó escondida bajo la retórica fervorosa del oportunista. Cuatro semanas más tarde obtenía la credencial número 2.098.860 del partido. La máscara de la devoción funcionó, por lo menos durante un tiempo. Pronto se convertiría en una pieza valiosa del aparato de legitimación nacionalista: el apóstol jurídico del nuevo régimen. El periódico oficial del nazismo lo llamó “el abogado de la Corona.” La investidura no es injusta, por lo menos en la primera etapa del nazismo, cuando fungió, efectivamente, como el cerebro jurídico del fascismo alemán. Schmitt vio el nuevo orden como la oportunidad de lanzar una gran revolución jurídica que abandonase los argumentos de una “época decrépita.” De lo que se trataba era de vivificar la ley, de reconciliar el derecho con la justicia a través de la intervención salvadora del Führer. La vieja legalidad se agotaba en las escrituras de la ley; la nueva legalidad, argumentaba, ha de reencontrar la moral, aunque aplaste la regla. Así, un golpe de estado podría ser “rigurosamente legal” porque Hitler, al romper la regla, defendía el derecho vital del pueblo alemán. Era el nacimiento de una nueva legalidad.1

Schmitt pretendía delinear una filosofía legal que rompiera el molde burgués y liberal del estado de derecho. Enfatizó, por ejemplo, que uno de los principios clave de aquella estructura tendría que ser demolido. Se refería a la máxima fundamental del derecho penal que establece que no puede haber castigo si no hay una ley previa que establezca el delito.

Todo el mundo entiende que es un requisito de la justicia el castigar los crímenes. Aquellos que … constantemente invocan el estado de derecho no otorgan la debida importancia al hecho de que un crimen odioso encuentre su debido castigo. Para ellos la cuestión reside en otro principio, en el que, de acuerdo a la situación, puede conducir a lo opuesto de un castigo justo, esto es, el principio del estado de derecho: no hay castigo sin ley. Por el contrario, aquellos que piensan con justicia, procuran que no haya crimen que permanezca sin castigo. Contrastaría ese principio del estado de derecho nulla poena sine lege contra el principio de justicia, nulla crimen sine poena: ningún crimen sin castigo. La discrepancia entre el estado de derecho y el estado de justicia aparece inmediatamente a la vista.2

El Código Penal se ha convertido en la Carta Magna de los criminales, gruñe Schmitt. Las reglas son estorbos del castigo. Una época enferma nos heredó esos principios que santifican el procedimiento amparando el delito. Por eso es necesario sustituir la cobardía de esos estatutos liberales por la virilidad de un poder enérgico.

Quien alguna vez denunció el peligro negro fue más allá en su defensa del nuevo régimen. Elogió las purgas que terminaban en la ejecución de disidentes como bellas fórmulas de justicia revolucionaria y promovió una purificación de la teoría jurídica alemana. No pensaba en ninguna reforma del método, sino en la necesidad de eliminar la contaminación judía. Los libros escritos por judíos debían sacarse de circulación; y si alguien pretendía hacer referencia a las ideas de un escritor judío, debería advertir que se trataba de una noción proveniente del campo enemigo. Hans Kelsen padeció particularmente los embates del comisario. El fundador de la teoría pura del derecho había apoyado a Schmitt para incorporarse a la Universidad de Colonia, a pesar de las diferencias que los separaban y de las duras críticas que había hecho a su obra. Tiempo después, las purgas nazis baten a Kelsen: mientras estaba de vacaciones en Suecia, es expulsado de la universidad por razones raciales. Los profesores de la Facultad de Derecho se unen para solicitar la reinstalación del profesor más prestigioso del claustro. El único académico que se rehusó a firmar la petición se llamaba Carl Schmitt. Ha de decirse que su actitud frente a las purgas no fue la simple indiferencia con la que miró la defenestración de su antiguo promotor. Ya lo advertía el secretario de su gran amigo Jünger: ¡cuidado en contradecir a Schmitt! Puede uno terminar en un campo de concentración.3

LA VALENTIA DEL MIEDO

Carl Schmitt nació el 11 de julio de 1888 en una modesta familia católica asentada en Plettenberg, un pequeño pueblo enclavado en el centro de Alemania. Johann, su padre, era un leal miembro del partido católico que trabajaba en la estación de tren y colaboraba con la iglesia del pueblo. La madre de Carl cultivó en casa cierta nostalgia por la Francia de sus raíces. El acendrado catolicismo y los aires franceses que lo rodeaban marcaron al niño. Sus vínculos con el mundo latino estampaban, desde muy temprano, una suave conciencia de extranjería. “Soy romano por origen, tradición y derecho,” dijo sentenciosamente en alguna ocasión. Su inteligencia fue abriéndole las puertas del mundo. Del diminuto pueblo de Plettenberg salió, primero para estudiar en el Gimnasio de Attendorn y, luego, en la Universidad de Berlín. En el Gimnasio dio los primeros pasos de su educación humanística y germinó su amor por los idiomas. Schmitt, que ya sabía francés además del alemán, aprendió ahí latín, griego, español e italiano. En 1907 llegó a Berlín para iniciar sus estudios profesionales. Había querido estudiar filología, pero se decidió finalmente por las leyes. Un tío lo había convencido de que era una profesión más rentable. El encuentro con la formidable universidad berlinesa y la imponente ciudad fue, para él, desconcertante. Berlín era, en realidad, la capital de sí misma, como escribiría años después Joseph Roth. Una ciudad poblada por las iglesias más horrorosas del mundo; una ciudad sin sociedad que, sin embargo, ofrecía todo lo que una ciudad puede tener: teatros, arte, bolsa, comercios. 4 Para el joven estudiante, la ciudad habrá parecido un horroso y fascinante espectáculo de máquinas que convierten a los hombres en hormigas. Schmitt, como Roth unos años después, sentiría Berlín como un ominoso imperio tecnológico.

Quizá nunca lo abandonó la sensación de ser un forastero en la corazón de su país. El sentimiento, que venía de lejos, lo acompañaría siempre.

Yo era un muchacho oscuro de orígenes modestos. … Ni el grupo dominante ni la oposición me incluían entre los suyos. … Eso significaba que yo, parado enteramente en la oscuridad y desde la oscuridad misma, veía un espacio resplandeciente. … La sensación de tristeza que me inundaba me distanciaba aún más y despertaba en otros desconfianza y antipatía. El grupo dominante trataba como extraño a todo aquel que no se desvivía por congraciarse con él. Le imponía la elección de adaptarse o excluirse. Así que permanecí afuera.5

Schmitt, católico en tierra de evangelistas, latino entre prusianos, se percibía como un forastero. Era un hombre bajito. No alcanzaba el 1,60 m. de estatura. Era un estudiante solitario, tímido y callado. “Mi naturaleza –escribió ya viejo– es lenta, silenciosa y tranquila, como un río quieto, como el valle de Moselle.”6 Desde ese valle francés del que provenía la familia de su madre, desde la distancia, contempló la Primera Guerra. Nunca se encendió con el discurso nacionalista de la ‘misión alemana.’ Se inscribió como voluntario para la reserva de infantería, pero muy pronto alegó un fuerte dolor en la espalda que lo alejó del campo de combate. Sirvió al ejército alemán desde un escritorio en Munich.

Más que la guerra, lo conmocionó la inestabilidad tras la derrota. La primera guerra, en cierto modo, lo había protegido: desde la Comandancia General en Munich redactó su ensayo sobre el romanticismo político, desfilaba tranquilamente por las salas de universidades impartiendo conferencias y se casaba por primera vez. La paz de la derrota, en cambio, lo angustió. Su prometedora carrera como profesor de Derecho se había vuelto súbitamente incierta. La nueva república pronto devino en caos. Schmitt padecía íntimamente el desconcierto de la política, recelaba de los violentos, temía el contagio bolchevique: sintió miedo. Quizá apareció en él la nostalgia por el periodo que acababa de terminar: la disciplina y la claridad que impone la guerra parecerían preferibles a la turbulencia del desorden civil. Se acercó así a las instituciones de la nueva república, buscando alguna forma de inyectarles el principio del orden. Entonces escribió su estudio sobre la dictadura, un alegato por los poderes extraordinarios que permiten reconstituir la paz.

Entonces aparece Mussolini. La Marcha sobre Roma sacudió al temeroso abogado alemán. Desde esa jornada de octubre de 1922, el fascismo italiano ejerció una atracción inmensa sobre él. Veía en esa fuerza un potente movimiento que, al mismo tiempo que salvaba a la burguesía de la amenaza comunista, lanzaba al Estado a la conquista del futuro. Ahí se abría la puerta de la historia por venir; el fascismo contenía una nueva retórica, una nueva estética. En la marcha de los fascistas se deplegaba escénicamente el poder de la masa, la chispa motriz de un Estado original. Mussolini es el arrojo: el diputado violento a quien pocos toman en serio, hace llamados al rey para imponer el orden. Nada sucede. Entonces, tras el silencio de la tradición, inunda las calles de camisas negras y asume el control del Estado. Tras mostrar su poder, lo conquista. El viejo Estado, como un monumento de arena, se desmorona en un soplo. Nacía un mito seductor: un pueblo en marcha, conducido por un caudillo enérgico, se hacía del poder del Estado o, más bien, se convertía en el Estado. Las viejas fronteras entre lo social y lo estatal se diluían en esa fusión de pueblo y gobierno en movimiento. “Hemos creado un mito—dijo Mussolini tras el éxito de la Marcha—y el mito es una fe, un noble entusiasmo que no necesita ser realidad; constituye un impulso y una esperanza, fe y valor. Nuestro mito es la nación, la gran nación que queremos convertir en una realidad concreta.”7

Mussolini fue el héroe de Carl Schmitt. A diferencia del dictador alemán, Mussolini encarnaba una filosofía digna de ese nombre. O por lo menos eso era lo que pensaba Schmitt. Mussolini, el más vigoroso líder europeo tras la muerte de Lenin, no fue para Schmitt un César de caricatura, sino un líder carismático que movilizaba a una nación a través de la fe política, pues eso, ni más ni menos, pretendía ser el fascismo: no una doctrina sino una convicción que no acepta titubeos. Años después logró entrevistarse con el general de la cabeza rapada en el Palazzo Venezia, el edificio del siglo XVI que albergó la embajada de la república veneciana, y que habría de convertirse en el cuartel general del Estado fascista. Desde los balcones de ese palacio, Il Duce pronunció sus discursos más famosos. El abogado quedó cautivado por el dictador. Hablaron de la eternidad del Estado y el carácter efímero del partido. La residencia histórica de Hegel, le dijo Schmitt a Mussolini, está aquí, en Roma. No está en Moscú, ni en Berlín: está aquí en el Palazzo Venezia. Hegel, el sacralizador del Estado, vivía en la musculatura visionaria del dictador de la inmensa quijada. Aquella conversación permanecería en la memoria de Schmitt como uno de los momentos de mayor placer intelectual en su vida, un encuentro inolvidable en cada uno de sus detalles.

En 1927 vio la luz el más polémico de los trabajos de Schmitt: El concepto de lo político. Siguiendo a Maquiavelo, Schmitt pretendía ver la política a los ojos, sin los rodeos del moralismo. Pocas líneas han recogido la sustancia bélica que anima la política como la que abre el segundo apartado de este ensayo: “La específica distinción política, a la cual es posible referir las acciones y los motivos políticos es la distinción de amigo y enemigo.” 8 En el plano moral existe una distinción crucial: lo bueno y lo malo; en la estética hay una batalla entre lo bello y lo feo; en lo económico se contrapone lo rentable y lo improductivo. La política aparece porque existe el antagonismo. Es una faena que cohesiona alianzas que se disparan contra el rival. No se trata de simple antipatía, de mero desacuerdo, de una discrepancia ordinaria. La enemistad que electriza la política es auténticamente dramática; es una oposición existencial, no una simple metáfora de la discordancia. Brota la política cuando el conflicto con el otro no puede ser resuelto a través de normas preestablecidas o a través de la intervención de un árbitro imparcial. La política aparece cuando el otro es identificado como la amenaza de mi propia sobrevivencia. La posibilidad de la eliminación física –la muerte, para decirlo claramente– subyace a todo trato político. La guerra no es el abismo en el que puede caer la política; la guerra es el pozo del que brota, el pozo en el que nada, el pozo del que nunca sale.

El político socialdemócrata Ernst Niekish leyó El concepto de lo político como la respuesta burguesa a la teoría marxista de la lucha de clases. En efecto, como Marx, Schmitt estaba convencido de que el conflicto era el motor de la historia, pero, a diferencia del filósofo materialista, no atribuía a la conflagración económica ningún privilegio sobre el paso de la historia. La historia, que no puede librarse de la política, necesita la figura del enemigo y el rumor de la guerra. Pero ese enemigo puede ser el enemigo de raza, de tribu o de nación. Sugiere Jacques Derrida que esta idea fija de la enemistad como raíz de lo político no proviene de la fuerza sino del miedo: el miedo a la política, la angustia del enemigo fantasma. En uno de sus cuadernos personales lo revela con toda nitidez:

Franz Kafka pudo haber escrito una novela: El enemigo. Entonces habría sido claro que la indeterminación del enemigo provoca angustia (no hay otro tipo de angustia, y es su esencia el sentir un enemigo indeterminado); por contraste, es deber de la razón (y en este sentido de la alta política) determinar quién es el enemigo … y con esta determinación, la angustia termina y, si acaso, subsiste el miedo.9

Un año después de la publicación de su ensayo sobre lo político, Schmitt se incorporó a la Universidad de Berlín. Ahí, en el corazón de la República de Weimar, fue testigo de la parálisis política, la depresión económica, el desempleo masivo, la violencia callejera. El pluralismo se volvía paralítico. En esa atmósfera, el profesor defiende la urgencia de instaurar el imperio presidencial. Argumentaría que el imperativo político coincidía plenamente con el mandato constitucional. El presidente –no el tribunal supremo como querían los liberales– debía ser el verdadero defensor de la Constitución. En tiempos de crisis, los razonamientos de Schmitt parecían la balsa salvadora: el presidente debía romper el cerco parlamentario y asumir poderes dictatoriales. El Ejecutivo, sostenía, era la médula del Estado contemporáneo. El monopolio más importante de todos, el monopolio de las armas le pertenece en exclusiva a él. Fue entonces que el maestro comenzó su compleja relación con el poder. Quienes desde los palacios gubernativos padecían la inmovilidad, se acercaron a buscar el consejo del constitucionalista.

Schmitt era un republicano antiliberal. Creía que la manera de salvar a la república amenazada era robusteciéndola con permisos, no disminuyéndola con limitaciones. Sostuvo además que los partidos anticonstitucionales debían ser proscritos. Pensando en los comunistas y los nazis sostuvo públicamente que no debían tener la oportunidad de destruir la república. El Estado no podría permanecer impasible ante los grupos que se organizaban para destruirlo. La neutralidad frente a los fanáticos sólo puede ser calificada de suicida.

Entonces se tropezó con Hitler. Las notas de su diario en la víspera del triunfo nazi lo muestran angustiado, amargado, triste. La república se apagaba y parecía inevitable el triunfo de los furiosos. Como señala su biógrafo más solvente, Schmitt habrá expresado ideas que contrariaban el imperio estricto de la ley, pero nunca deseó el fracaso del orden constitucional. Simpatizaba ciertamente con la agenda de la extrema derecha, pero imaginaba su realización dentro del marco constitucional.10 Por eso lo alarmaba la victoria de Hitler. Pero pronto se dio cuenta de que el nacionalsocialismo podría ser la solución a los principales problemas políticos del momento. Hitler estaba decidido a decidir. Más aún: la fuerza que acumulaba le otorgaba el poder de fundar. Carl Schmitt abraza entonces el nuevo orden por una combinación de impulsos: la ambición y el oportunismo habrán jugado un papel importante. Pero también la certeza de que la cruda política llamaba a la amistad con el exitoso enemigo del liberalismo.

No le fue difícil conectar sus ideas con la propaganda del nuevo régimen. Apenas se vio obligado a esconder algunos de sus escritos periodísticos. Pero en realidad no tuvo que torcer sus escritos principales para colorearlos con la retórica hitleriana. La noción bélica de la política, el acento en la coacción ejecutiva, la desconfianza en la deliberación parlamentaria y la neutralidad judicial provienen de sus escritos previos. En la era nazi, proyectó todas estas ideas para bosquejar una nueva filosofía del derecho. La inserción no deja de tener tintes sorprendentes: Schmitt era católico, se había opuesto públicamente a los nazis; era, bajo todos los criterios, un forastero. Pero había formado un prestigio como un abogado de ideas nuevas que desafiaban el viejo molde liberal. Por eso fue llamado a discutir la ley que habría de legitimar la subordinación de todas las instituciones políticas y sociales a los dictados del partido.

Poco tiempo después fue bautizado como el abogado de la corona. En efecto, como consejero de Estado, defendió todos los actos del nuevo régimen. Los asesinatos de la noche de los cuchillos largos, ese sangriento bautismo del terror hitleriano, fueron apaludidos por Schmitt como dignas expresiones de justicia revolucionaria. Revisó su edición de El concepto de lo político para eliminar sus referencias al marxismo y para incorporar el vocabulario reinante. De pronto, sus textos se volvieron abiertamente antisemitas. En el más abyecto de sus textos ensalza a Hitler como el arquitecto de una nueva legalidad. En él viven todas las experiencas de nuestra historia. Eso le da la fuerza y el derecho para fundar un nuevo orden. Los actos del jefe no están sometidos a la justicia porque son la más alta justicia. Nadie mejor que él para fijar el contenido y los alcances de su poder. 11

Pero de poco le serviría tanta zalamería. En realidad nunca ocupó posición relevante dentro del cuadro dirigente. Fue utilizado y desechado por el régimen nazi. El ingenio jurídico de Schmitt se volvió prescindible muy pronto. Esa era otra diferencia importante con el fascismo italiano que cooptó y concitó a los intelectuales de derecha. Además, los nacionalsocialistas nunca lo aceptaron plenamente. Era visto como una especie de marrano, un inconfiable converso. Para 1934 empezaba a recibir críticas de los más duros defensores del régimen. Se le acusaba de ignorar los fundamentos biológicos de la política, de postular una idea de nación incompatible con la comunidad racial defendida por Hitler.12 La estrella del abogado de la corona empezaba a menguar. Ahora era sospechoso, un apestado. Un diario sintetizaba su opción: la huida o el campo de concentración. Schmitt volvía a sentir miedo. Se quedó en Alemania hasta que cedió la ola de ataques. Perdió sus privilegios en el partido pero ganó cierta tranquilidad. A partir de entonces optó por el silencio. Nunca más pronunciaría una palabra sobre la política alemana. Se refugió en el campo del derecho internacional y se escondió en la oscuridad hasta el último día de su vida.

En 1945, el ejército ruso tomó Berlín y arrestó a Carl Schmitt acusado de ser promotor de la masacre. Permaneció en la cárcel cerca de dos años. Robert Kempner, un abogado que había emigrado de Alemania, se encargó de interrogarlo en Nuremberg. Le interesaba descubrir si existía alguna ligazón de complicidad con los crímenes del nazismo.

Schmitt: Eso siempre sucederá cuando alguien toma una postura en una situación como esa. Soy un aventurero intelectual.

Kempner: ¿La aventura intelectual está en su sangre?

Schmitt: Sí, y de esa forma los pensamientos y las ideas emigran. Asumo el riesgo. Siempre he pagado mis cuentas, nunca he sido un incumplidor.

Kempner: ¿Y cuando lo que usted llama la búsqueda del conocimiento termina en el asesinato de millones de personas?

Schmitt: El cristianismo también terminó en el asesinato de millones de personas. Pero uno no lo entiende hasta que lo ha vivido uno mismo.

Schmitt rehúye cualquier consideración moral sobre su conducta. Desde entonces se identifica con Benito Cereno, el personaje central de una novela de su admirado Melville. Cereno era el capitán de un barco que es tomado prisionero por unos esclavos que se rebelan. El capitán conduce la embarcación y es visto por los demás como el guía. En realidad es un rehén. Así se presenta Schmitt: inteligencia secuestrada por la tiranía.

Años después escribiría Ex captivitate salus, un poema autobiográfico.

Yo he experimentado del destino los golpes,
victorias y derrotas,
revoluciones y restauraciones,
inflaciones, deflaciones, destructores bombardeos,
difamaciones, cambios de régimen, averías,
hambres y fríos, campos y celdas.
A través de todo ello he penetrado
y por todo ello he sido penetrado.

Yo he conocido los muchos modos del Terror,
el Terror de arriba, el Terror de abajo,
Terror en la tierra, en el aire Terror,
Terror legal y extra legal Terror,
pardo, rojo, y de los cheques Terror,
y el perverso, a quien nadie osa nombrar.
Yo los conozco todos y sé de sus garras.
...
Yo conozco las caras del Poder y del Derecho,
los propagandistas y falsificadores del régimen,
las negras listas con muchos nombres
y las tarjetas de los perseguidores
¿Qué debo cantar? ¿El himno Placebo?
¿Debo abandonar los problemas para envidiar a plantas y fieras?
¿Temblar en pánico en el círculo del pánico?
¿Feliz como el mosquito que despreocupado salta?13

AMISTAD

La vida de Carl Schmitt puede verse a través del cristal de una amistad. En Ernst Jünger encontró a un compañero de viaje, un compañero de vida. Se conocieron en 1930 en Berlín. Cuatro años después se harían compadres. Al momento de conocerse, cada uno era un personaje de la vida intelectual alemana. Schmitt no solamente era una autoridad en el campo de la jurisprudencia, sino que era también el autor de ensayos polémicos sobre el romanticismo, los orígenes teológicos de los poderes de emergencia y la naturaleza irremediablemente bélica de la política. Jünger, siete años menor que Schmitt, era aún más famoso. No era un ensayista provocador: era un héroe de guerra. Tenían muchas cosas en común. Ambos eran aventureros y solitarios; compartían la preocupación por el destino de Alemania, una fascinación por la guerra, los mitos y los libros. Pero Jünger no era devoto de las bibliotecas, sino partidario de la intensidad vital que sólo ofrece el campo de la experiencia. Jünger había ingresado al ejército en 1914 para participar en el frente de Francia. Fue herido catorce veces y recibió la orden “Al mérito”, por su valor en el campo de batalla.

El libro que redactó al tiempo que combatía se convirtió en una de las cumbres de la literatura de guerra. Para André Gide, sus Tempestades de acero es el libro de guerra más hermoso; un testimonio inigualable por la perfección de su veracidad y honradez.

Aunque sus retratos de guerra eran admirados por los seguidores de Hitler y por el mismísimo líder, él rechazaba su demagogia plebeya. Se cuenta que el mismísimo Goebbels le ofreció una diputación antes del triunfo de los nazis. Jünger respondió desde las alturas de la aristocrática poética que un buen verso valía más que los votos de ochenta mil idiotas. En un tiempo glorificó la guerra como una experiencia estética. Intuyó el totalitarismo, fue protegido de Hitler, nunca creyó en la democracia liberal. La fascinación por la guerra lo unía a Schmitt. La guerra coloca al hombre frente a la emoción del precipicio. Es la embriaguez de la situación límite, la huida del vacío, el abandono de la insoportable normalidad. “Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande.”14 La guerra proveería las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra era un éxtasis comparable apenas al encantamiento del santo, el gran poeta y el amor:

El entusiasmo arrebata la hombría más allá de sí misma hasta que la sangre salta hirviendo contra las membranas y el corazón se derrite en espumas. Es una embriaguez que supera a todas, liberación que salta todos los vínculos. Un furor sin respeto ni barreras, sólo comparable a la violencia de la naturaleza. El hombre está ahí como la tormenta rugiente, el mar que brama y el trueno que muge. Allí está fundido en el todo, se estrella contra las oscuras puertas de la muerte como un tiro en el blanco. Y las olas lo sepultan purpúreas: de modo que, ya hace tiempo, no le queda la conciencia del tránsito. Es como si una ola lo arrastrara de nuevo al mar tempestuoso.15

Olas que nos arrastran al mar tempestuoso en el que se revela el hombre auténtico. Allí, en “la danza de las cuchillas afiladas”, en el hilo que separa la vida de la muerte, se muestra el hombre y su sentido: la lucha. “¡El bautismo de fuego! El aire se cargaba de un caudal de hombría tal que daban ganas de llorar sin saber por qué.” El combatiente en las trincheras está marcado por la angustia de la incertidumbre, por el rumor de su propia muerte. La guerra lo ha regresado a los tiempos del origen en los que la vida cuelga entre desgracias. Cada hilo de aire que penetra en el cuerpo es un don divino, un regalo inmerecido que se goza como el vino más exquisito. La guerra es para Jünger, por lo menos éste Jünger de sus cuadernos juveniles, experiencia mística, contacto con el absoluto que imprime sentido a la existencia. Es también la más intensa experiencia estética. El fuego de la artillería es una danza salvaje, un baile de colores en el que las llamaradas se entrelazan con nubes blancas, negras y amarillas. Las detonaciones, escribe Jünger en alguna página de sus diarios, recordaban el canto de los canarios.

Quizá sea cierto lo que dice Claudio Magris sobre el trato de Jünger con lo terrible. Hay una especie de ostentación complaciente de impasibilidad, de sangre fría.16 Lo cierto es que no trató de enfundar las desgracias del siglo en terciopelo. Uno de sus mayores orgullos fue su colección de escarabajos, en la que había cerca de 50.000 especies. Tal vez el máximo homenaje que se le tributó fue bautizar a una mariposa de Pakistán con su nombre: Trachydura Jüngeri. En el mundo infinito de los insectos, Jünger encontró una joyería natural y fantástica. En los escarabajos, esos seres diminutos de piel acerada, encarna lo exquisito y lo monstruoso. El sabio coleccionista de coleópteros se encierra en su estudio, enfoca la mirada, se detiene a observar lo que para otros es invisible o repugnante para anotar con todo detalle lo que su ojo reporta. Los hombres y los insectos son atrapados de igual manera por el dardo exacto de su mirada.

Jünger coqueteó muy pronto con el nacionalsocialismo, pero al momento en que Hitler asumió el poder se distanció de los nazis y se vinculó con círculos opositores. En 1933, cuando Kniébolo (el nombre que Hitler recibe en sus escritos) asumió el poder, se alejó de Berlín. Optó por la “emboscadura.” Corrió al bosque para proclamar su voluntad de depender solamente de sí mismo.17 El recorrido de Schmitt es inverso. Después de haber asesorado al último gobierno constitucional y haber expresado su desconfianza frente a los extremistas se volcó a respaldar al nuevo régimen. Su posición frente a los judíos retrata la divergencia emocional o, quizá, moral de los compadres. En tiempos de Weimar, Jünger estuvo muy cerca del antisemitismo radical, mientras el profesor Schmitt tenía buenas relaciones con colegas y discípulos judíos. Cuando Hitler asume el poder, Jünger desprecia el racismo oficial, mientras que Schmitt pretende retratarse como un antisemita ejemplar.

Ese cruce de camino hizo que el afecto entre los compadres se nublara con desconfianza. Sin embargo, el hilo de su conversación epistolar nunca se rompió. Jünger, que vio el error de la colaboración con los fascistas, encontraba, sin embargo, una erótica en la inteligencia de su amigo. Así lo registraba después de conversar con él. En la entrada del 17 de julio de 1939 de su diario, anotó lo siguiente:

Lo que en C(arl) S(chmitt) me ha llamado desde siempre la atención es la buena factura y el orden de sus pensamientos; producen la impresión de un poder que está ahí presente, de un poder presencial. Cuando bebe se torna todavía más despierto, está sentado inmóvil, con un tinte rojo en la cara, cual un ídolo. (...) Lo adorable de Carl Schmitt, lo que incita a quererlo, es que aún es capaz de asombrarse, pese a haber sobrepasado los cincuenta. La mayoría de las personas, y ello ocurre muy pronto en la vida, acoge un hecho nuevo tan sólo en la medida en que guarda relación con su sistema o con sus intereses. Falta el gusto por los fenómenos en sí mismos o por su diversidad –falta el eros con el que el espíritu acoge una impresión nueva como se acoge un grano de semilla.18

Schmitt y Jünger estaban hermanados por otra fuerza: la intuición de la catástrofe. ¿Habrá que abandonar los sueños del sosiego y aprender a dormir en el lomo de la catástrofe? La calamidad es la sombra que nos acompaña. Las luces de la modernidad, lejos de disiparla, la ennegrecen. En el intenso intercambio epistolar de los amigos hay una imagen que aparece una y otra vez: el Titanic hundiéndose en las aguas heladas. Es que el miedo, la pasión originaria de Hobbes, era para ambos el síntoma de su tiempo. En el casco destrozado del Titanic chocan el progreso y el pánico, la comodidad y la destrucción, la ingeniería y el desastre. Ahí vivimos.

LA PUNZADA DE LA VAGUEDAD

Cualquier acercamiento al pensamiento de Carl Schmitt debe comenzar con una reflexión sobre su estilo. La prosa de Schmitt está muy lejos del academicismo. Distante de la frialdad de su maestro Weber, distante de la rigurosa sequedad de Kelsen, su aborrecido enemigo intelectual. La expresión no es un vehículo que transporta gratuitamente el pensamiento. El estilo secuestra el razonamiento. Mejor: lo seduce. Y también envuelve al lector. La prosa febril de Schmitt, señala Stephen Holmes, imprime tal dramatismo a las palabras que cualquier minucia constitucional parece determinar el curso de la historia del hombre. 19 Los textos de Schmitt, advierte Sartori, nos dejan sin aliento.20

Por ello, el vocabulario schmittiano debe ser manejado con cautela. Más que un diccionario es una pinacoteca. La política es la distinción de amigo y enemigo. El soberano es quien decide en la excepción. La Constitución es decisión. Democracia es identidad entre gobernantes y gobernados. El liberalismo es antipolítico. Como muestran estos cuadros, Schmitt no construye conceptos con los rigores de la lógica, dibuja imágenes con la elocuencia de la metáfora. Los grandes pintores, escribe Schmitt en su ensayo de 1942, no muestran solamente cosas bellas: expresan en cada momento la conciencia espacial de la época: “el verdadero pintor es un hombre que ve las cosas y las personas mejor y con más exactitud que los demás hombres, con mayor exactitud sobre todo en el sentido de la realidad histórica de su tiempo.”21 Eso quiere ser Carl Schmitt: el gran pintor de la política, la conciencia espacial de su época.

Me concentro en la primera imagen: lo político. Este es, sin duda, el epicentro de la teoría política de Carl Schmitt. “La distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo.”22 La oposición se hace política cuando se intensifica. El conflicto se politiza cuando se convierte en un antagonismo irreductible: cuando la aniquilación del enemigo es condición de sobrevivencia. Por ello lo político engloba cualquier esfera de la vida humana, cuando escinde el mundo en enemistades asesinas. El contraste religioso o económico deviene político al caldearse, al mostrar la amenaza de la muerte física. Pero, como bien advierte Sartori con el rigor lógico que lo identifica, el argumento de Schmitt carece de prueba. Es un argumento circular: “que todo lo que se reagrupa en amigo-enemigo es político, que todo lo que no reagrupa de este modo no lo es y que lo que es político borra lo no político.” Schmitt busca asir la esencia de lo político. Pero no va muy lejos. Empuja las cosas a tal punto que la mitad de la cosa es expulsada de la palabra que quiere nombrarla. Sigue Sartori: Schmitt habla solamente de la “política caliente,” pero ignora la “política tranquila.” Frente a la dimensión conflictual de la política se levanta la no menos importante dimensión del consenso. Maquiavelo, que también gustaba de las metáforas y los mitos, hablaba del centauro de la política: mitad bestia, mitad hombre. Y Gramsci, que lo leyó, acentuaba la tensión entre fuerza y consenso, dictadura y hegemonía.

Cuestionable en términos lógicos y metodológicos, la evocación schmittiana es eficaz. Schmitt lo sabe bien. En Romanticismo político cita al poeta italiano Giovanni Papini: “Cuando nos preocupan los fenómenos a gran escala y los movimientos colosales nada hay más preciso que una palabra vaga.”23 La precisión política de la vaguedad conceptual. Y es que Schmitt no entiende los conceptos como tuercas del entendimiento sino como dardos para la lucha. Más que precisión, incisión. Todo concepto, escribe Schmitt, tiene un sentido polémico: nace frente a un antagonismo concreto. Las palabras de la política no dicen nada si no se comprende a quién combaten.24 De ahí que valga la pena preguntar por el sentido polémico de su imagen de lo político. Es obvio: lo político nace para refutar lo antipolítico. Pero, ¿dónde está la antipolítica? En el liberalismo. La noción schmittiana de lo político está atada a la furia antiliberal del alemán. El liberalismo, según Schmitt, ignora la política. Se refugia en la ética y la economía. Bajo el horizonte liberal no hay enemigos ni decisiones: hay socios, conciliación; quizá competidores. Es el reino de los mecanismos impersonales: la ley, el mercado, la discusión. La justicia es expresada por reglas generales, el precio es determinado libremente por la competencia, la verdad se alumbra en el debate libre. Pero no hay conflictos irreductibles ni decisiones duras: es la negación de la política. Donde José Ortega y Gasset encuentra la generosidad del liberalismo (la determinación de vivir con el enemigo), Schmitt ve cobardía, vacuidad.

Aquí valdría la pena abordar el vínculo entre Carl Schmitt y Thomas Hobbes. Schmitt ha sido llamado “el Hobbes del siglo XX.” La equivalencia es excesiva. En el pesimismo antropológico, en el protagonismo del miedo como impulso central de la política, en su reclamo por la conformación de un poder sin restricciones, en su decisionismo, los dos pensadores se acercan. Schmitt se refirió siempre con gran admiración del autor del Leviatán. Schmitt, a fin de cuentas, se siente personalmente identificado con la leyenda de Hobbes. Nos cubrirá la misma sombra, vaticina. El terror une los destinos de Schmitt y Hobbes. El ácido del miedo está presente en ambas tintas. Pero hay muchas dimensiones teóricas que los separan. Si es cierto que ambos ven el problema político desde la óptica del poder y articulan razonamientos para edificar una fuerza imponente, es cierto también que lo hacen con propósitos diametralmente opuestos. Thomas Hobbes alimenta a su monstruo estatal con el propósito de que asegure la paz. Carl Schmitt, por el contrario, busca un Estado que militarice la sociedad. En la teoría hobbesiana se alimenta la esperanza de que el Estado serene la política, que el conflicto se congele en la soberanía estatal; en la teoría schmittiana se combate apasionadamente la posibilidad de que esa tranquilidad se realice. En términos schmittianos, Hobbes es el más antipolítico de los teóricos de la política, un absolutista con fibras liberales. El mundo sin conflicto es para Hobbes el mundo necesario para el florecimiento de la vida, el comercio, la ciencia, el arte: el requisito de la civilización. El mundo sin conflicto es para Schmitt un mundo sin sentido, una feria de diversiones, un mundo sin seriedad. La paz es necesaria para la sobrevivencia, dice Hobbes; la guerra es necesaria para la existencia verdadera, respondería Schmitt. El Estado para Schmitt da sentido a la muerte: es la instancia que exige el sacrificio. Bien ha descrito estos impulsos opuestos uno de los más agudos lectores de Schmitt, Leo Strauss: “Mientras Hobbes, en un mundo iliberal, elabora la fundamentación del liberalismo, Schmitt realiza en un mundo liberal la crítica del liberalismo.”25

El antiliberalismo de Schmitt es, según él mismo, democrático. La democracia marcha triunfalmente. Y el realismo se impone. La democracia, sostiene Schmitt, es esencialmente antiliberal. Nuestro autor insiste en el antagonismo: la democracia es identidad entre gobernantes y gobernados. Supone, necesariamente, homogeneidad. “El poder político de una democracia estriba en saber eliminar o alejar lo extraño y desigual, lo que amenaza la homogeneidad.” La democracia excluye lo ajeno, el liberalismo pretende conciliarlo: hay pues una contradicción insuperable en su profundidad “entre la conciencia liberal del individuo y la homogeneidad democrática.”26 La noción schmittiana de la democracia es claramente antiliberal, antipluralista, anticonstitucional. Una noción rousseauniana, pues. Carl Schmitt, ¿el Rousseau del siglo XX?

Al escribir en 1923 su ensayo sobre el parlamentarismo, Schmitt argumenta que el gobierno representativo está herido de muerte. Se ha vuelto una máscara. Sus fundamentos intelectuales –la deliberación pública y el equilibrio de poderes– no corresponden con la realidad. El parlamentarismo moderno no termina con el secreto ni logra dispersar el poder. Impide perversamente la identidad entre gobierno y sociedad. Por ello, la única forma de reconstituir un régimen democrático es purgarlo de sus rasgos liberales. Prensa libre, voto secreto, organización de la oposición, autonomía de los grupos sociales son bacilos liberales que destruyen la “unidad emocional” de la democracia. La dictadura es el auténtico vehículo de la unidad popular. Su expresión es la voluntad del Pueblo expresada en la aclamación. Así, no hay grito más democrático que el “Todos somos el Duce” del fascismo italiano. Identidad plena. Por ello el fascismo, el bolchevismo, el cesarismo son ciertamente antiliberales, pero no antidemocráticos. Todo lo contrario.

El existencialismo político de Schmitt es también hondamente anticonstitucional. El autor de Teoría de la Constitución estuvo fascinado siempre por lo excepcional, lo no organizado, lo irregular. El territorio ordinario de la política es la crisis. No puede aspirarse a la domesticación de la política. Ésta no puede someterse nunca a reglas fijas. El piso es la anormalidad. Este embrujo de lo excepcional se advierte en su idea de la soberanía, pero, sobre todo, en su idea del derecho y el Estado.

Según Schmitt, no es posible ni deseable ordenar la sociedad de acuerdo a reglas generales. La ley es aplicable en la normalidad. Pero en política la normalidad no es normal. De ahí el situacionismo jurídico de Schmitt. Se impone la necesidad de decidir para el caso concreto de acuerdo a las necesidades del momento. Medidas concretas antes que leyes generales. 27 El fundamento del decisionismo de Schmitt se encuentra en el pensamiento del escritor extremeño Donoso Cortés. Cortés fue uno de los autores predilectos del abogado alemán. A un lado de la plataforma filosófica de Hobbes, los apasionados discursos y ensayos de Donoso Cortés aparecen como el estrado desde el que se alza el razonamiento de Schmitt. Cortés es también un pensador de emergencia que denuncia el fracaso de los ideales ilustrados. En la decisión, no en el cálculo ni en la norma se funda el poder. De ahí que la norma ha de subordinarse al imperativo de la voluntad resolutiva. “Las leyes se han hecho para las sociedades, y no las sociedades para las leyes, digo: la sociedad en todas las circunstancias, la sociedad en todas las ocasiones. Cuando la legalidad basta para salvar a la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura.” Ante el desconcierto, no existe alternativa frente a la dictadura. Apenas una elección de dictaduras: “Se trata de escoger entre la dictadura que viene de abajo y la dictadura que viene de arriba: yo escojo la que viene de arriba, porque viene de regiones más limpias y serenas; se trata de escoger, por último, entre la dictadura del puñal y la dictadura del sable: yo escojo la dictadura del sable, porque es más noble.” El propio parlamentario extremeño anticipaba la porosa noción de constitucionalidad que defendería el efímero abogado del nazismo. La Constitución debe albergar la posibilidad de su infracción. El gran maestro de la constitucionalidad quebrantada es Dios. En el mismo discurso sobre la dictadura, Donoso Cortés sostiene que el Creador gobierna constitucionalmente y “algunas veces directa, clara y explícitamente manifiesta su voluntad soberana quebrantando esas leyes que Él mismo se impuso y torciendo el curso natural de las cosas. Y bien, señores –concluye dirigiéndose a las Cortes–, cuando obra así, ¿no podría decirse, si el lenguaje humano pudiera aplicarse a las cosas divinas, que obra dictatorialmente?”28

El decisionismo de Schmitt conduce directamente a un entendimiento antinormativo de la Constitución. Schmitt no puede aceptar que los materiales de la Constitución sean esencialmente jurídicos. La Constitución es decisión política, no norma. Por ello, según Schmitt, el positivismo practica una especie de fetichismo constitucional. Adora la cosa sin entender su contenido. Para superar esta limitación hay que escudriñar el verdadero cuerpo constitucional, es decir, la decisión política. Schmitt rompe así con el principio básico del pensamiento constitucional: el sometimiento del poder al Derecho, la limitación del poder, la despersonalización del poder. En pocas palabras niega la posibilidad de domesticar jurídicamente el poder. Nuestro autor llega a elevar el imperativo político al rango de fuente del Derecho constitucional.29 La salvación del Estado estará siempre por encima de los recatos procedimentales.

La politización constitucional no tarda en desnaturalizar el dispositivo. Paradójicamente, la Constitución politizada se desarma, es decir, se despolitiza. Schmitt, que se consideró ante todo jurista, ha logrado construir una jurisprudencia para la ilegalidad.30

El territorio de la política es, para Schmitt, irremediablemente indomable. No cabe la regulación porque el suelo nunca es firme. La política es una alfombra de erupciones. El estado es gobernado por lo imprevisible, lo irregulable. Por ello no encontraremos en su obra ningún esfuerzo por construir principios de ingeniería constitucional. En su visión, no hay forma de levantar estructuras constitucionales firmes cuando el piso de la política nunca se asienta. Si la política es siempre una sustancia escurridiza, el Estado no puede vertebrarse con reglas. Pensar de otra manera es vivir feliz como el mosquito que despreocupado salta.

NOTAS

1 Véanse los textos “El Führer defiende el derecho” y “Legalidad y legitimidad”, ambos contenidos en la compilación de Héctor Orestes Aguilar.

2 Citado en Balakrishnan, The Enemy. An Intellectual Portrait of Carl Schmitt, Londres, Verso, 2000, p. 192.

3 La expresión de Hugo Fischer es referida por Jean-Pierre Faye en Los lenguajes totalitarios, Madrid, Taurus, 1974, p. 112.

4 Véase Joseph Roth, What I Saw. Reports From Berlin 1920-1933. Norton, 2002.

5 En Balakrishnan, p. 13.

6 Citado por Joseph W. Bendersky, Carl Schmitt. Theorist for the Reich, Princeton University Press, 1983, p. 5.

7 Orestes, obra citada, p. 73.

8 En Orestes, obra citada, p. 177.

9 Véase Jacques Derrida, Politics of Friendship, Verso, Londres, 1997. La cita de Schmitt se encuentra en Balakrishnan, p. 113.

10 Véase el capítulo 12 de la biografía de Balakrishnan.

11 El texto de Schmitt está recogido en la compilación de Héctor Orestes Aguilar.

12 Véase la biografía de Bendersky, p. 222.

13 Ex Captivitate Salus, citado por Enrique Tierno Galván en Revista de Estudios Políticos, vol. xxxiv, año x, núm. 54, 1950.

14 Tempestades de acero, Madrid, Tusquets, 1993, p. 5.

15 La guerra como experiencia interior, citado por Christian Graf von Krockow, La decisión. Un estudio sobre Ernst Jünger, Carl Schmitt y Martin Heidegger, México, Ediciones Cepcom, 2001.

16 Claudio Magris, “Venerable sí, grande no”, El mundo, 18 de febrero de 1998.

17 “Mediante la emboscadura proclamaba el hombre su voluntad de depender de su propia fuerza y afirmars en ella sola.” La emboscadura, Tusquets, Barcelona, 1993, p. 80.

18 Ernst Jünger, Radiaciones. Diarios de la Segunda Guerra Mundial, Tusquets, Barcelona, 1995, pp. 56-57.

19 Stephen Holmes, The Anatomy of Antiliberalism, Cambridge, Harvard University Press, 1993. El segundo capítulo de este interesante trabajo está dedicado a Carl Schmitt.

20 Giovanni Sartori, “Política,” Elementos de teoría política, Madrid, Alianza Universidad Textos, 1992, p. 220.

21 Carl Schmitt, Tierra y mar. Consideraciones sobre la historia universal, Madrid, 1952, pp. 71 y 72.

22 Cito de la edición de El concepto de lo político de Alianza Editorial, versión de Rafael Agapito, Madrid, 1991, p. 56.

23 Papini, El crepúsculo de los filósofos, citado en Political Romanticism, Massachusetts, MIT Press, 1986. p. 7.

24 Citado por Rune Slagstad, “Liberal Constitutionalism and its critics: Carl Schmitt and Max Weber,” en John Elster y Rune Slagstad, Constitutionalism and Democracy, Cambridge University Press, 1993, p. 11.

25 El análisis de Strauss de la obra de Schmitt puede leerse en Heinrich Meier, Carl Schmitt and Leo Strauss. The Hidden Dialogue, The University of Chicago Press, 1995.

26 Carl Schmitt, Sobre el parlamentarismo, Madrid, Tecnos, 1990, p. 22.

27 Sobre la filosofía jurídica de Schmitt puede consultarse el libro de Matthias Kaufmann ¿Derecho sin reglas? Los principios filosóficos de la teoría del estado y del Derecho de Carl Schmitt, México, Distribuciones Fontamara, SA., Biblioteca de ética, filosofía del derecho y política, 1991, y el de Germán Gómez Orfanel, Excepción y normalidad en el pensamiento de Carl Schmitt, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1986.

28 Donoso Cortés, Discurso sobre la dictadura, p. 9.

29 Como lo plantea Germán Gómez Orfanel en el libro citado arriba. Ignacio de Otto, en su Derecho Constitucional, Sistema de fuentes, Barcelona, Ariel, 1991, argumenta que la variedad de conceptos de Constitución que desarrolla Schmitt es tan amplia y desorientadora que “sólo puede explicarse como resultado del intento consciente de negar la supremacía de la Constitución misma.” El pintor ya no dibuja imágenes: echa humo.

30 En una entrevista para una revista italiana publicada en 1983, Carl Schmitt declaraba: “Me siento jurista al cien por ciento y nada más.” Quaderni Costituzionali, a. III, num. 1.

 

 
 

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