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  Rev. derecho (Valdivia) v.8 n.1 Valdivia dic. 1997




 

Revista de Derecho, Vol. VIII, diciembre 1997, pp. 113-122

ESTUDIOS E INVESTIGACIONES

 

HACIA UNA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA (II PARTE). TEORIA PARTICIPACIONISTA DE LA DEMOCRACIA

 

Ana María Silva Jiménez *

* Profesora de Derecho Político U. Autónoma del Sur. Ex Profesora de Derecho Constitucional, U. Austral de Chile.


 

INTRODUCCION

La democracia puede ser vista, en último término y dependiendo del enfoque que se le dé, como un medio de fomentar, o bien de encauzar y a la vez restringir la participación ciudadana. En una primera parte1 intentamos explicar -de forma muy simple y sintética- las distintas teorías sobre la democracia elitista. Para concluir este tema, analizaremos ahora la teoría participacionista de la democracia, que es aquella que plantea el fomento de la participación.

a. Qué es Participación y Democracia Participativa

Antes de hablar de una "teoría participacionista" de la democracia, debemos detenernos, aunque sea someramente, a precisar qué significa, para la democracia, la palabra participación.

Para Giovanni Sartori, autor de la corriente elitista, la participación significa, en su sentido estricto, "tomar parte en persona". Esto implica un tomar parte en forma voluntaria y activada por el propio sujeto. Así, la participación no sólo significa "ser parte de" (simplemente estar involucrado en algún hecho), ni puede significar jamás el ser obligado a tomar parte por otra voluntad, por ejemplo, en el caso de la movilización. Por otro lado, el cientista político inglés J. Roland Pennock definió la democracia participativa como: "el uso de la democracia directa en varias formas y niveles", tanto en el local como a nivel nacional. La democracia directa consiste, en su rasgo más general y distintivo, en la adopción de las principales decisiones del Estado por los propios ciudadanos.

Por lo tanto, podemos decir que la democracia participativa consiste en que sean los propios ciudadanos los que adopten las decisiones, sin abarcar necesariamente la totalidad de los procesos de decisión, pero en todo caso una proporción importante de ellas.

La teoría participacionista de la democracia, aunque puede encontrar sus orígenes en los primeros teóricos de esta, no fue desarrollada más que en la segunda mitad de este siglo, cronológicamente después de la formulación de la teoría elitista. Aunque podría pensarse lo contrario, esta no fue una respuesta consciente de los estudiosos de la democracia a la teoría elitista. De hecho, la democracia participativa surgió más como un movimiento espontáneo.

La democracia participativa surgió como un eslogan de los movimientos estudiantiles de la Nueva Izquierda de los años 60. De allí pasó a la clase trabajadora en los sesenta y setenta, como una consecuencia del creciente descontento entre los trabajadores y el extendido sentido de alienación provocado por el funcionamiento de la democracia. Una manifestación de este nuevo espíritu fue el surgimiento de movimientos en pro del control de los trabajadores en las industrias2.

En las mismas décadas, los propios gobiernos nacionales comenzaron a comprometerse ellos mismos, por lo menos en forma verbal, con las premisas de la participación. En este sentido algunos incluso iniciaron programas que contemplaban amplia participación ciudadana, por ejemplo el "Community Action Programs" que fue desarrollado por el Gobierno Federal de los Estados Unidos en 1964, que llamaba a la "máxima participación posible de los residentes de las áreas y miembros de los grupos servidos".

La participación tiene un rol mucho más importante que la mera adopción de decisiones, tiene también un importante efecto psicológico en los participantes. Este lugar central que la participación tiene en su teoría marca la contribución específica de los teóricos de la democracia participativa.

Como esta corriente no nació como un mero movimiento intelectual, para articularse tomó elementos que se encontraban ya presentes en autores de la llamada teoría clásica de la democracia, buscando en ellos fundamentos aplicables a la democracia moderna. Este será el camino que seguiremos.

Entre los autores cuyo pensamiento sirvió para configurar esta tendencia figuran, entre otros: Jean-Jacques Rousseau, James Stuart Mili y Alexis de Tocqueville. Entre los más destacados de los teóricos modernos, encontramos a Carole Pateman y C. B. Macpherson.

b. Autores Clásicos

Rousseau puede ser llamado el teórico por excelencia de la participación. Toda la teoría política de Rousseau se centra en la participación individual de cada ciudadano en la adopción de decisiones políticas. El aporte de Rousseau a la teoría democrática participativa está dado por su concepción de la soberanía popular. En su obra "El Contrato Social", cada ciudadano es depositario de una fracción de la soberanía y como tal participa en las decisiones colectivas.

Aunque Rousseau escribiera antes del desarrollo de las modernas instituciones de la democracia, y su ideal de sociedad es una ciudad -estado no industrial-, se pueden encontrar en su teoría las hipótesis básicas acerca de la función de la participación en un sistema democrático3.

El resultado del proceso de participación, según Rousseau, asegura que la igualdad política se haga efectiva en la asamblea en que se toman las decisiones. El efecto sustantivo en las decisiones es que la voluntad general es tautológicamente siempre correcta -es decir, afecta a todos por igual, beneficiándolos de igual manera-, de tal modo que al mismo tiempo los derechos e intereses individuales son protegidos y el interés público es engrandecido. La ley ha "emergido" del proceso participatorio y es la ley, no los hombres, lo que gobierna las acciones individuales4.

Rousseau pensaba que la situación ideal para la adopción de decisiones era una donde no estuviera presente ningún grupo organizado, sólo individuos, porque los grupos podían hacer prevalecer sus "intereses particulares". Pero como fuera imposible evitar la existencia de asociaciones organizadas en la comunidad, entonces estas deberían ser lo más numerosas y parecidas en poder político que fuera posible, para que ninguno de los grupos pudiera obtener ganancias con respecto del resto.

Otro de los teóricos clásicos de la democracia es John Stuart Mili, quien en su obra "On Representative Government" adopta -aparentemente- posiciones tanto a favor como en contra de la participación, por lo que debemos analizar su obra dentro de su contexto para no llegar a resultados erróneos. La teoría de la democracia elaborada por James S. Mili ha sido acusada por muchos autores de inconsistencia, porque por un lado se presentan las ventajas del sistema del elitismo y por otro una calurosa defensa dé la participación. Los autores que lo han analizado han tomado una o la otra versión, predominando entre los estudiosos de Mili el énfasis en los elementos elitistas, expresados principalmente en el concepto de gobierno de las "minorías instruidas".

Uno de los estudiosos de Mili, Dennis Thompson5, ha intentado, sin embargo, aportar una óptica nueva, presentando la obra de Mili como un todo coherente, compatibilizando los valores de la participación con la competencia o eficiencia.

En efecto, Mili invoca la existencia de estos dos principios en la democracia: el principio de la participación busca que la participación de cada ciudadano sea tan amplia como sea posible. Los argumentos de Mili para justificar la participación en gran escala apelan a la necesidad de proteger los intereses de cada ciudadano y de mejorar su educación e inteligencia política, lo que se lograría a través de la experiencia otorgada por la participación política.

El segundo principio, llamado de la "competencia", estipula que la influencia de los ciudadanos más calificados debería ser también tan amplia como fuera posible para promover las metas educativa y protectiva6. Mili temía que sólo la clase educada poseía la capacidad de velar el bien común.

El ideal democrático de Mili consistía de un pueblo racional discutiendo cuál era el bien común y luego optando por él. Para Mili, el gobierno democrático es el que permite la participación de todo el pueblo y no sólo por una mayoría representada. Asimismo se pronuncia por una descentralización del poder, mostrándose partidario tanto de la participación del ciudadano en el gobierno nacional como en el gobierno local. La mejor forma de gobierno consiste en una forma "totalmente popular" como él la llama, pues es la que ofrece condiciones más favorables para el buen gobierno y a la vez fomenta una forma mejor y más elevada de carácter nacional, que cualquier otro sistema7.

Sin dejar de tener en cuenta esta dualidad, quisiéramos aquí destacar el elemento participativo, por el que desborda de entusiasmo el capítulo tercero de "Consideraciones sobre el Gobierno Representativo". En estas páginas, James S. Mili reconoce que idealmente la mejor forma de gobierno es aquella en que la soberanía "se deposita en el conglomerado total de la comunidad, y en la que cada ciudadano tiene no sólo voz en el ejercicio de esa soberanía fundamental, sino que, además, en ocasiones, es llamado para tomar parte activa en el desempeño personal de alguna función pública, local o general"8.

Con esto, Mili pone de manifiesto que la participación no puede limitarse sólo a la votación sobre determinados asuntos, sino que implica también el asumir ciertas funciones públicas, como en la democracia directa.

Mili va más allá de la mera conveniencia o el interés educativo de la participación, para discutir sobre la importancia psicológica y la dimensión moral que esta tiene para los miembros de una comunidad, al decir que el darle a alguien una cuota de responsabilidad en el gobierno "configura la manera más efectiva de contribuir a su desarrollo moral e intelectual; por el contrario, negárselo es una manera segura de desalentar su interés y preocupación en él. Los hombres sin poder se convierten en seres apáticos o privatistas, cuando no rebeldes"9.

Mili se pronuncia por el sufragio universal y por un sistema electoral de representación proporcional de las minorías. Como la mayoría de los liberales Victorianos, Mili concluyó que si había de garantizarse el sufragio universal, todos debían tratar de buscar el bien común racionalmente. Esto sería logrado por la educación, y especialmente por la educación política, que vendría de la experiencia ganada con la participación, especialmente en la política local.

Ante la realidad planteada por los hechos -fundamentalmente el que la extensión del sufragio no trajera todas las ventajas esperadas-, Mili llega a concluir que "es evidente que el único gobierno que puede satisfacer por completo todas las exigencias del estado social es aquel en el que todo el pueblo participa"; y que "cualquier participación, aun en la más mínima función pública, es útil"; que "la participación debe ser en todos lados tan grande como lo permita el grado general de progreso de la comunidad" ; y que, por último, "no hay nada más deseable que la participación de todos en el ejercicio del poder soberano del Estado"10.

No obstante este ideal, debe terminar reconociendo que, como no sea en una comunidad muy pequeña, no todos pueden colaborar personalmente sino en proporciones muy pequeñas en los asuntos públicos, y por lo tanto deduce que el tipo ideal del gobierno perfecto debe ser el representativo11. Ahora bien, hay que tomar con cautela el alcance de la expresión "perfecto", pues se refiere a lo posible y no a lo más deseable, que él había ya identificado con un gobierno participativo.

Otro de los autores que da énfasis a la participación es el francés Alexis de Tocqueville, que no fue un teórico de la democracia, sino más bien un sutilísimo observador de la realidad política de su época. Esta natural agudeza, y la posibilidad de observar de cerca dos de los más importante sistemas políticos de su época, lo convirtieron en testigo privilegiado del funcionamiento y expansión de los sistemas democráticos.

En este autor apreciamos una temática diferente, pues la tensión entre democracia representativa y democracia directa cede aquí el paso más bien a la democracia federal o, más bien, local, versus la democracia centralizada. Este es el fantasma que Tocqueville combate en su obra.

Para Tocqueville, quien queda fascinado por el sistema federal de los Estados Unidos, es preciso analizar primero lo que ocurre en el gobierno de los estados antes de estudiar el gobierno central. Parte desde aquí, es decir, de las unidades menores, más aún de los gobiernos locales, porque para él el municipio es la única asociación tan arraigada en la naturaleza, "que dondequiera que hay unos hombres reunidos, se forma por sí mismo un municipio". Al mismo tiempo previene que "si el municipio existe donde existen hombres, la libertad municipal es cosa tan rara como frágil"12.

Esta libertad es la que él encontró en los municipios americanos, especialmente en los de Nueva Inglaterra, y que tan calurosamente alaba, estableciendo un contraste con la realidad de esta institución en Francia. Al respecto, sentencia que "Es en el municipio donde reside la fuerza de los pueblos libres, puesto que las instituciones municipales son a la libertad lo que la enseñanza para una escuela; la ponen al alcance del pueblo; le hacen saborear su uso pacífico y le acostumbran a servirse de ella". Más aún, sentencia que "Sin instituciones municipales una nación puede otorgarse un gobierno libre, pero no posee el espíritu de la libertad"13.

La razón del apego del ciudadano al municipio, según Tocqueville, no es meramente sentimental, más bien pragmática, puesto que este es una institución fuerte que le pueda reportar algún beneficio, y en definitiva es su ámbito natural de intervención pública, afirmando que "en esta esfera restringida que está a su alcance, intenta gobernar la sociedad..."

Es aquí donde se encuentra la clave del elemento participativo en Tocqueville, porque él propone la participación a nivel local, que es su ámbito más natural, y con él, nosotros creemos que, además, es el más promisorio.

Lo dicho respecto de los municipios se podía repetir respecto de todas las sociedades voluntarias en que el hombre toma parte, en que las asociaciones intermedias son vistas no sólo como una escuela y ejemplo de democracia, sino también de freno al poder, llegando a afirmar Tocqueville que: "no hay países donde las asociaciones sean más necesarias para impedir el despotismo de los partidos o la arbitrariedad del príncipe que aquellos cuyo estado social es el democrático"14.

Por lo tanto, es la opinión de esta autora que en Tocqueville tenemos la clave y el adecuado camino para lograr un lógico acercamiento a la participación en cualquier sistema político moderno: dado que es imposible lograr una participación -según la hemos definido- masiva y a gran escala en el nivel nacional, debemos pues concentrarnos en aquellos ámbitos en que esta participación -reconocida por todos como beneficiosa y deseable- sea más practicable. Llegamos así ante el riquísimo campo de la participación a nivel local, puesto que como ya lo dijimos, consideramos que las asociaciones intermedias -innegable centro de participación, mas no político-, están fuera de ese ámbito.

c. Teoría de la Participación en Nuestra época

Nuestra época ha sufrido, más que ninguna otra en la historia de la humanidad, enormes y acelerados cambios que han redundado en una modificación fundamental de nuestra forma de vida. Sin duda, uno de los cambios más trascendentales es la masiva concentración de la población en zonas urbanas. Como efectos no previstos ni buscados se ha producido un paulatino aumento en su grado de alfabetización y educación formal, el que ha sido acompañado de un constante bombardeo de información que viene de unos medios de comunicación social que son cada vez más efectivos, masivos e instantáneos. Esto, combinado con la propagación a nivel mundial de la democracia representativa, ha tenido como efecto una creciente mayor participación -como nunca antes en la Historia- y a la vez ha ido generando una insatisfacción con respecto a estos métodos, buscándose un mayor enriquecimiento de estos.

Esta mayor demanda de participación se dio principalmente en dos esferas:

En un primer momento, se intentó aplicar el concepto de participación a nivel laboral, y se llegó a establecer un concepto de participación que va más allá del ámbito político, aplicándolo a todo tipo de organizaciones, llegándose a decir que participación "No son sólo las acciones de los ciudadanos mediante las cuales buscan influir o apoyar al gobierno, sino que es todo proceso desarrollado dentro de una organización mediante el cual los subordinados influyen o afectan las decisiones de los superiores.

Por otro lado, se produjo un verdadero movimiento en torno a las comunas, como lugar donde se lleva a cabo parte importante de las preocupaciones del ciudadano, ahora en la perspectiva del vecino que se interesa por participar en la solución directa de sus dificultades16.

Es en este segundo sentido en que entenderemos la participación para efectos de nuestro trabajo, como "la intervención en los procesos de decisión política que conciernen al ciudadano en su esfera más próxima." Nosotros pensamos, con John Naisbitt, que "las personas cuyas vidas están afectadas por una decisión deben ser parte del proceso por el cual se llega a ella"17.

Con esto descartamos, eso sí, de nuestro ámbito de estudio las tendencias hacia la democracia en el lugar de trabajo, o democracia industrial que fueron tanto o más populares durante los años sesenta y setenta. Esto porque ellas salen del ámbito de la democracia como institución política, llevándola a otros terrenos que no son propios de ella.

John Naisbitt ha descrito en su obra "Megatendencias" (1984) las diez tendencias que a su juicio se dan en los Estados Unidos, y entre ellas menciona el giro de la democracia representativa a la democracia participativa.

Entre los autores modernos de esta corriente podemos destacar a la ya citada Carole Pateman y C. B. Macpherson, quienes fueron ardientes defensores de la democracia en el lugar de trabajo, pero siendo el último un poco más amplio en su enfoque, nos referiremos a sus planeamientos brevemente.

En el plano político este autor propone combinar los mecanismos de democracia directa y representativa, la primera en los niveles de base y la segunda en los niveles superiores18. Sin embargo, está fuera de toda duda para este autor que para la operación exitosa de una democracia participativa se requerirá de un sentido de comunidad más fuerte del que prevalece ahora19.

Además plantea que la democracia participativa debe ser planteada con criterios realistas, para que pueda ser realizable y no sólo un mero ideal. Al respecto,

Macpherson reconoce que de nada vale alabar las antiguas estructuras de participación como los town meetings de Nueva Inglaterra, sino que parte aceptando el hecho que "a nivel nacional, habrá alguna clase de sistema representativo, no una democracia directa completa"20.

d. ¿Cómo se Participa?

Dentro de la perspectiva de la teoría participativa de la democracia, el ámbito en que pueblo y los ciudadanos pueden y deben participar es el siguiente, y podemos dividirlo en dos esferas:

A. Tomando en cuenta las instancias de participación que nos ofrece la democracia tradicional, tenemos que:

a) Principalmente, mas no únicamente, el pueblo participa mediante la elección periódica, por voto Universal, libre, secreto e informado de representantes para que desempeñen las funciones de gobierno, legislación o administración a nivel nacional, regional, comunal o de organismos públicos.

b) Mediante el control directo o indirecto de los gobernantes que en su nombre ejercen las funciones públicas.

c) El desempeño, en virtud de elección popular, de las funciones de gobierno, legislación o administración o de cualquier otra función pública, en razón de nombramiento legalmente emanado de autoridad competente.

d) Mediante la participación directa en la gestión de las organizaciones políticas, económicas, sociales y culturales autónomas de que naturalmente forman parte o en que tienen interés.

e) Mediante el ejercicio de la libertad de expresión de los asuntos de interés general.

f) Mediante la organización y militancia activa en partidos políticos llamados a orientar y encauzar la participación ciudadana en los asuntos de interés general y en el gobierno del Estado21.

Estas formas constituyen las instancias clásicas de participación que puede darse en una democracia, pero hemos sido testigos -en todo el mundo y últimamente también en nuestro país- de cómo esta se ha tornado absolutamente insuficiente, y por lo tanto debemos abrir nuevos caminos hacia otras formas que nos permitan enriquecer -y no sustituir- esa participación. Por lo tanto, la participación podría llegar a darse también mediante los mecanismos conocidos como de democracia semidirecta, de los que sólo mencionamos los más conocidos y destacados.

a) Mediante la adopción de decisiones a través del referéndum, acerca del contenido fundamental de las leyes y decisiones gubernativas de mayor importancia y competencia supranacionales. Existe también la decisión de los conflictos políticos por medio de plebiscitos, pero en este caso hay que proceder con cautela, pues se suele cuestionar su seriedad y neutralidad, sobre todo cuando su uso es excesivo. Por ello, desde el punto de vista de la participación a ambos casos, se pone como requisito fundamental la aplicación de un sistema de voto Universal, libre, secreto e informado.

También otro mecanismo muy importante desde el punto de vista participativo -y no ya del individuo aislado, sino de grupos organizados también- es la aplicación de la iniciativa popular de reforma constitucional y de ley. Mediante ella los ciudadanos pueden influir directamente en la actividad legislativa y plantear los temas a un parlamento.

Con el uso de estos -y otros- mecanismos de democracia semidirecta es posible conseguir un sustancial aumento de la cantidad y calidad de la participación ciudadana.

Ahora bien, de todos estos mecanismos, en Chile tenemos limitadísima aplicación del referéndum, con el nombre de plebiscito, y no existiendo la iniciativa popular.

En todo caso, se advierte que el desarrollo de formas participatorias no está exento de limitaciones o ajeno a dificultades. El mismo Pennock enumera diversos elementos que cabría considerar en tal sentido, entre los que menciona los siguientes22: como el más obvio y natural del factor numérico, especialmente si se piensa en la participación en forma directa; la enorme dificultad que existe para formar mayorías en los campos más diversos; y la eventual polarización de la comunidad a que puede conducir un proceso de decisiones en que todos estuvieran forzados a pronunciarse por una u otra alternativa, y la connatural apatía que se aprecia en vastos sectores, lo que bien podría obstaculizar el funcionamiento de cualquier entidad de depender esta del aporte y presencia de todos sus integrantes23.

Todos estos son inconvenientes que existen -y no podemos negarlo- en nuestra sociedad, pero no derivan de la participación en sí, sino más bien obstan al fomento de la participación. Las objeciones anotadas no deben inducir al rechazo de esta tendencia hacia la participación, sino más bien para encauzarla dentro de moldes realistas y adecuados a las verdaderas demandas colectivas, en el medio que son levantadas24. Este enfoque realista nos parece el único posible para dar a la participación una real posibilidad de funcionar y por lo tanto validarse como un método político aceptable y adecuado para resolver los problemas de las comunidades y los que son más próximos al ciudadano común.

En todos estos casos se pueden hallar motivos positivos para abogar por un incremento de la participación, entre los cuales pueden destacarse: la mayor eficiencia en los resultados, un mayor control sobre el poder de intereses obscuros, la seguridad de la consideración del mayor espectro de inquietudes, el aumento de la "sabiduría colectiva", como diría Aristóteles, y una contribución a la realización de los individuos, todas las cuales reflejan en otro ángulo los beneficios que reporta la actitud participativa.

e. Juicio sobre la Democracia Participativa

En definitiva, si reconocemos que la finalidad del gobierno democrático es lograr la participación de todos los ciudadanos en el proceso electoral para así garantizar sus derechos, no debe satisfacernos el argumento que por estar estos derechos igualmente garantizados por el sistema representativo debe este convertirse en centro y motivo de la democracia.

La representación es un instrumento, necesario y efectivo en ciertos ámbitos, pero no es la finalidad última de la democracia. Al decir de Carole Pateman: "Para que exista una política democrática es necesario que exista una sociedad participativa, es decir, una sociedad en que todo el sistema político haya sido democratizado y en el que la socialización pueda realizarse a través de la participación"25.

Si lo vemos desde una perspectiva equilibrada, podríamos concluir que "parece existir un dominio adecuado a cada una, tanto para la democracia participativa como para la representativa, y no tienen por qué trabajar la una contra la otra, sino que pueden reforzarse mutuamente"26.

En cierta forma, la democracia participativa refuerza la democracia representativa en la medida que el acto de participación educa a la gente en la posibilidad y en el carácter deseable de la tolerancia y el respeto mutuos, como una disposición para el discernimiento crítico de las personas. La participación democrática tiene así importancia como modelo de autoeducación27.

Sin embargo, cabe siempre recordar que el objetivo fundamental de la vida política es la participación y no la representación, esta es sólo un mecanismo instrumental de suplencia, cuando la participación directa no es posible.

Si la participación es tomada seriamente, como debiera hacerlo el participacionista, entonces difícilmente puede negarse que el tomar parte sólo tiene significado, auténtico, real, dentro del ámbito de grupos pequeños.

El participacionista está en lo cierto cuando se reniega de la participación electoral, porque el tomar parte en una razón de uno a decenas de miles, o en el agregado total, de uno a decenas de millones hace que la participación pierda todo su significado. Se sigue de esto que una de las rutas abiertas a la teoría participatoria de la democracia es poner el énfasis y atribuir un rol importante a grupos pequeños e intensos28. Ejemplo de estos son, a nivel político, las comunidades locales.

Este, y no otro, es el objetivo buscado por este artículo: crear una conciencia de la necesidad de participación en los niveles naturalmente más cercanos al ciudadano, y a la vez recordarnos su factibilidad. Porque no hemos encontrado entre todos los teóricos analizados ninguno que esté en contra de la participación ciudadana en los niveles locales, municipales o comunales. La forma de implementar esta participación es tarea de nuestros legisladores, es decir, representantes. Pero si no acometen esta tarea con la urgencia e importancia que merece, pueden ser ellos quienes paguen el mayor costo.

NOTAS

1 Ver Revista de Derecho de la Universidad Austral de Chile, V. VI (1995) pp. 111 ff.

2 Macpherson, C.B., The life and times of liberal democracy. Oxford University Press, Oxford, 1977, p. 93, traducción libre.

3 Es de notar que por ser Rousseau un propugnador de la democracia directa no cabe dentro de los parámetros establecidos por Schumpeter para los "teóricos clásicos" de la democracia, aunque este sí lo incluyó entre ellos.

4 Pateman, op. cit., p. 23.

5 Thompson, Dennis, John Stuart Mill And Representative Government. Princeton University Press, Princeton, Nueva Jersey, 1979, 241 pp.

6 Ibid., pp. 9-10.

7 Mill, John Stuart, Consideraciones sobre el Gobierno Representativo, Herrero Hermanos Sucesores, S.A., México, 1966, 319 pp., c. III, pp. 52- 53.

8 Mill, John Stuart, op. cit., p. 52.

9 Mill, J. S., citado por Larraín, Hernán, Ideología y democracia en Chile, Editorial Andante, 1988, Santiago de Chile, 195 pp., p. 40.

10 Mill, op. cit.,c. III, p. 69.

11 Ibíd., p. 28.

12 Alexis de Tocqueville, La Democracia en América. Madrid, Ediciones Guadarrama, 1969, 398 pp., p. 63.

13 Ibíd., pp. 64 -65.

14 Alexis de Tocqueville, La Democracia en América, citado por Larraín, op. cit., p. 40.

15 Participation, Democracy and Control. BIM Foundation, Londres 1979, p. 9. Citado por nogueira, op. cit., p. 71. É nfasis añadido.

16 Larraín, Loe. cit.

17 Naisbitt, op. cit.

18 lbíd., p. 108.

19 Ibíd., p. 99.

20 Ibíd., p. 95, traducción libre.

21 BIM Foundation, loc. cit.

22 Pennock, J. R., citado por Larraín, op. cit., pp. 68-69.

23 Ibíd.

24 Larraín, op. Cit., p. 69.

25 Ibid., p. 43.

26 Cunningham, Frank: "¿Necesitamos más o menos democracia?", en Revista Opciones, CERC, 1984, p. 113.

27 Ver Pateman, op. cit.

28 Sartori, op. cit., p. 114.

 

 
 

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